UN ATAQUE DE INDIGNACIÓN
La historia de aquel hombre al que el gobierno debía un reconocimiento público mediante ceremonia solemne, algunas medallas por su valor ejercido al servicio a la Patria, además de un monto en dinero bastante importante que le permitiera llevar una vida digna es la de muchos a lo ancho y largo del planeta.
Dentro de esos amigos de Internet con los cuales compartí buenos momentos se encuentra Gaby, español, Nos conocimos en los "Siete Mares" una página de mucho intercambio y la política nos unió en debates a veces acalorados con otros cibernautas de posiciones diferentes y de expresiones unas amables y tolerantes y otras descalificadoras y groseras. Él pasó por un accidente, siendo atropellado por un miembro de la fuerza pública y desde allí comenzó un largo camino a través del cual buscó ser indemnizado, sintiéndose a veces sin armas para pelear, aparte de su coraje y valentía. Pero la justicia no es para todos, lamentablemente, y quienes están en el poder saben usar esas armas para defenderse. A estas alturas desconozco si ya prosperò la demanda o si tuvo que conformarse con la irrisoria suma que le habían ofrecido.
A veces mientras estos procesos se llevan a cabo se debe sobrevivir con lo que halla. Entonces aparecen las virtudes morales alentándonos a perseverar. La paciencia surge como un mecanismo de defensa, trayendo a la mentalidad la certeza de que si se logró sobrevivir este día de mañana también puede ser llevadero. Y como la situación afecta no solo al personaje en cuestión sino a la familia completa, entonces la virtud debe pasar ya sea por ósmosis, por inyección intravenosa o por supositorio (porque hay que suponer) a todos los miembros de la familia. Y a veces se turnan los ataques de rabia por la situación de unos con el ejercicio de la paciencia de otros, logrando finalmente que por nada del mundo la rabia y el desespero les de a todos al tiempo. Los días pasan, la espera continúa, el sol sigue saliendo para todos, los lirios del campo siguen recibiendo en su actitud eterna de espera continua, mientras que otros seres que buscan, que se mueven, que intentan, no logran coronar de buena manera sus esfuerzos. Paciencia, paciencia.
Volviendo a Gaby también tuvo una situación terrible en mi país en relación con un hermano suyo al que nunca más volvió a ver, luego de un recorrido por Colombia y muy a pesar de que lo buscó hasta donde pudo. Allí te tocó no solo paciencia sino resignación, que es una actitud de entregarse, de rendirse, de claudicar ante los esfuerzos hechos. Sé que alguna incertidumbre le quedó porque no es lo mismo saber que alguien murió y que lo enterraron a simplemente saber que desapareció sin dejar rastro.
Pero nuestro amigo imaginario es de novela. Sí, me refiero a aquel a quien debían reconocimiento, medallas y dinero, No tenía hijos pero tenía una esposa que lo había acompañado siempre, especialmente con mucha paciencia durante la última época en que ya no trabajaba sino que esperaba la pensión que podía llegar en cualquier momento en el correo semanal que llegaba al pueblo. Habían terminado por fiar hasta más no poder para comer y les tocó salir de cualquier posesión que tuvieran en el empeño, con el único objetivo de alargar la espera, de sobrevivir otro día, sin abandonar la esperanza de la pensión que les cambiaría su vida. Vendieron el viejo reloj de pared y hasta pensaron en vender el gallo de pelea pero todavía demoraba la temporada en que en el pueblo se daban las peleas de gallos.
Su mujer ya no aguantó más. Él tampoco. Ella lo enfrentó decidida para que le respondiera cómo iban a hacer ante la imposibilidad de resistir. Ella exigía una respuesta clara y contundente y él se la dio. Dejemos que García Márquez nos transporte en el tiempo y en el espacio al lugar y época de los acontecimientos:
"El coronel guardó silencio hasta cuando su esposa hizo una pausa para preguntarle si estaba despierto. Él respondió que sí. La mujer continuó en un tono liso, fluyente, implacable.
-Todo el mundo ganará con el gallo, menos nosotros. Somos los únicos que no tenemos ni un centavo para apostar.
-El dueño del gallo tiene derecho a un veinte por ciento.
-También tenías derecho a tu pensión de veterano después de exponer el pellejo en la guerra civil. Ahora todo el mundo tiene su vida asegurada, y tú estás muerto de hambre, completamente solo.
-No estoy solo -dijo el coronel.
Trató de explicar algo, pero lo venció el sueño. Ella siguió hablando sordamente hasta cuando se dio cuenta de que su esposo dormía. Entonces salió del mosquitero y se paseó por la sala en tinieblas. Allí siguió hablando. El coronel la llamó en la madrugada.
Ella apareció en la puerta, espectral, iluminada desde abajo por la lámpara casi extinguida.
La apagó antes de entrar al mosquitero. Pero siguió hablando.
-Vamos a hacer una cosa -la interrumpió el coronel.
-Lo único que se puede hacer es vender el gallo -dijo la mujer.
-También se puede vender el reloj.
-No lo compran.
-Mañana trataré de que Álvaro me dé los cuarenta pesos.
-No te los da.
-Entonces se vende el cuadro.
Cuando la mujer volvió a hablar estaba otra vez fuera del mosquitero. El coronel percibió su respiración impregnada de hierbas medicinales.
-No lo compran -dijo.
-Ya veremos -dijo el coronel suavemente, sin un rastro de alteración en la voz-. Ahora duérmete. Si mañana no se puede vender nada, se pensará en otra cosa.
Trató de tener los ojos abiertos, pero lo quebrantó el sueño. Cayó hasta el fondo de una sustancia sin tiempo y sin espacio, donde las palabras de su mujer tenían un significado diferente. Pero un instante después se sintió sacudido por el hombro.
-Contéstame.
El coronel no supo si había oído esa palabra antes o después del sueño. Estaba amaneciendo. La ventana se recortaba en la claridad verde del domingo. Pensó que tenía fiebre. Le ardían los ojos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para recobrar la lucidez.
-Qué se puede hacer si no se puede vender nada -repitió la mujer.
-Entonces ya será veinte de enero -dijo el coronel, perfectamente consciente-. El veinte por ciento lo pagan esa misma tarde.
-Si el gallo gana -dijo la mujer-. Pero si pierde. No se te ha ocurrido que el gallo puede perder.
-Es un gallo que no puede perder.
-Pero suponte que pierda.
-Todavía faltan cuarenta y cinco días para empezar a pensar en eso -dijo el coronel.
La mujer se desesperó.
-Y mientras tanto qué comemos -preguntó, y agarró al coronel por el cuello de la franela. Lo sacudió con energía-. Dime, qué comemos.
El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder.
- Mierda".














