Hace muchos años y teniendo novia, por relaciones de trabajo hice una amistad especial con Lucelly, en Montería.

Como sucede en la letra de algunas canciones populares, el marido la golpeaba y tuve primero un sentimiento de compasión por ella. Pero era bonita, con una piel de porcelana, trigueñita, casi blanca, de pelo corto. Cuando terminó por contarme las cosas comenzó entre nosotros una simpatía y una confianza "bárbaras", al estilo de los argentinos. El marido comenzó a notar algo y procuraba pasar más tiempo en casa.

La ocasión de su cumpleaños fue especial. El marido la sacó a bailar y yo, celoso, la tomé por el brazo y la llevé a la salita a bailar el disco de moda de ese tiempo "La casa del ritmo". Era evidente que nos teníamos hambre los dos pero las circunstancias que se dieron hicieron que yo desapareciera de la vida de ellos.

Mi novia nunca supo nada y de hecho de ella también me separé en los mismos días, es decir, no volví a saber de ellas nunca más en la vida. Esa relación con Lucelly se dio por sí sola, nació de una simpatía y una sensibilidad con su dolor y todavía recuerdo esas miradas entre los dos.

Un tema de Otto Serge sirve para ambientar el asunto...