Un hombre miró a otro que, bastón en mano, tratando de cruzar la calle, terminó tirando unos papeles al suelo recién mojado por una leve llovizna. No se dio cuenta de ello y siguió caminando por la ancha avenida pero los gritos suyos lo detuvieron y le hicieron devolver. Aquel hombre de buen corazón ya le había recogido los papeles y se los entregaba, luego de haberlos limpiado y secado un poco. El caminante reanudó su marcha para ser atropellado por un veloz auto que iba a más de 180 kilómetros por hora quedando muerto casi en el mismo instante del golpe. El bastón quedó ileso al lado de su cuerpo.

Tratando de ayudar, perjudicó. Si no le hubiera detenido a lo mejor hubiera alcanzado a cruzar esa céntrica avenida por donde los autos se desplazaban a tan altas velocidades. Esto le planteó una disyuntiva. Si haciendo el bien había causado un mal, quizá intentando hacer el mal terminaría haciendo el bien. Quizás debía proponerse estudiar medicina porque el centro de la filosofía médica estaba de acuerdo con su descubrimiento. Las personas van medio enfermas al doctor para mejorarse y terminan agravando más y muriendo. Muchos que no fueron al médico terminaron viviendo más, como en el caso de dos enfermas de cáncer de mama, conocidas suyas, que fueron al mismo doctor. La que siguió los tratamientos murió en medio de sufrimientos atroces, la que siguió consejos de naturistas amigos suyos siguió vivita y coleando y no empleó la medicina que le mandaron ni se mandó a sacar el útero, como le habían prescrito.

Siguiendo por la vida -porque no podía detenerse- calló ante las autoridades que pedían colaboración para esclarecer el hecho. Ya él había colaborado ayudando a la muerte misma así que colaborar de nuevo con sus declaraciones acerca de las circunstancias del accidente hubiera sido quizá una ecuación matemática o lógica de mayores proporciones. Sería algo así como un producto de factores negativos o dos premisas negativas, lo que daría como resultado algo positivo...una ayuda no pedida pero realizada que se tradujo en algo que quizás no iba a ocurrir en ese momento por lo menos. ¿Cuál sería el famoso resultado positivo? Él mismo, huyendo, contrariado, agazapado, silencioso, miedoso, inquieto con su participación en la vida, preguntándose si valía la pena vivirla así trayendo el mal a otros.

Si huir y andar con miedos y en silencio, agazapado y haciendo mal a otros era lo positivo de la vida según la ecuación que acababa de descubrir, entonces decidió que los guerrilleros debían ser los más positivos de todos. Los contactó y se unió a sus filas. Después de un desacomodo inicial comenzó a destacarse,  porque era evidente que había mucha diferencia con la vida a la que había estado acostumbrado, no de lujos pero si de comodidades. De este cambio abrupto se dio cuenta el día en que en medio de una caminata comió cuatro aguacates, leche rosada de vaca recién parida y una docena de mangos teniendo que soportar dos días de prolongadas evacuaciones en medio de la espesura en la selva, que se espesaba más, quedándole remordiendo la conciencia por tan mala combinación alimenticia y ardiéndole el culo por la carencia de papel adecuado.

En una charla ideológica en horas de la tarde descubrió a los que eran los más inteligentes de su unidad dormidos mientras el comandante seguía su charla desprevenido. Estando concentrado en las formulaciones teóricas de su superior se habría estado embruteciendo más así que decidió dormirse también o al menos mirar para otro lado y pensar en otra cosa diferente. En la última fila del auditorio estaba Clara, con el escote pronunciado y las piernas bastante separadas, como si hubiese estado montada en un mulo y este se hubiera ido de repente. Sus pechos eran atractivos pero él no había querido prestarle atención a ella porque tenía fama de ser muy manoseada por todo el que quisiera.

Notó de pronto que quienes más se la pasaban con ella eran los mandos de la unidad y del frente y a ellos le iba bien en todo: comían mejor, otros hacían el aseo de sus armas, pero sobre todo, en las tomas a poblaciones eran quienes ni siquiera disparaban un tiro por hallarse tan lejos de la toma misma. Pensó entonces en juntarse con ella para ver si también se contagiaba de esa pizca de suerte que le había faltado siempre en la vida. En un campamento a orillas del río Tárisis pidió al comandante de orden interno ser el compañero de dormida de Clara porque no tenía carpa. El jefe aceptó y en la noche la abordó para conocerla mejor.

-Hola Clara, no sé si me conoces, soy Flavio, estoy recién pasado a esta unidad porque vengo de otro frente.

-Si, ya sé...discúlpame, tengo sueño, bienvenido a esta unidad.

Una mujer con quien había vivido poco tiempo le decía también a veces que tenía sueño cuando él trataba de acariciarla. Él se volteaba en medio del disgusto natural pero esta vez, después de tantas nuevas enseñanzas recibidas donde las cosas no eran lo que parecían ser, sacó su pie de su hamaca y la pasó al de Clara, tratando de acariciarle el pubis pero con tanta falta de sensibilidad, de arte y de erotismo que si se hubiese puesto Yodosilato en el pie antes de su intento al menos Clara hubiera pensado que quería darle un masaje para el cansancio y se había equivocado de zona. Sin embargo Clara era distinta y no desperdiciaba una oportunidad de subir al cielo y descender a los infiernos en el mismo minuto de vida.

Flavio fue nombrado al día siguiente segundo al mando de la unidad, confirmándose él en sus presagios de la noche anterior y el mando pasó a decirle que su uniforme olía a Límpido.

Se tomaron y retomaron poblaciones y entre más actuaban en pro de la justicia la gente más sufría. Flavio descrestaba a sus superiores y pronto sería Comandante nacional de logística. Cada día era más guerrillero y cada día se la pasaba más en la ciudad, haciendo compras necesarias para su grupo. De vez en cuando entraba al propio monte a efectuar entregas, a dar y recoger informes. La paz llegó de improviso cuando le parecía que iba a conquistar el poder, imaginándose de Ministro de alguna cartera importante y entonces recibió subsidios y ayudas por su reinserción. Luego de despilfarrar algunos dineros invirtió lo que quedó en un taxi y aprendió a sobrevivir de esa forma.

Una de sus clientes favoritas era una muchacha que había conocido durante su proceso de reinserción, estudiante de periodismo, de tez clara, a quien recogía en la salida de la Universidad. Intimó con ella y notó que aunque ya no le estuviera haciendo el amor siempre andaba con las piernas abiertas como si hubiera estado montada en un mulo y de repente se hubiera ido sin avisarle.

Habían pasado seis días sin ver a su amante universitaria y ya sentía que sus mocos, sudor y lágrimas olían a Límpido, eran espesos, blanquecinos y llenos de esperma. Ella lo llamó para que la recogiera a las 5 de la tarde. Se encontraba bastante lejos así que hundió el pie en el acelerador y cuando iba por una de las más importantes avenidas no pudo frenar al ver a un señor que cruzaba la calle luego de recibir unos papeles de otro transeúnte. El golpe fue brutal, no  quedaba duda sobre el estado fallecido del caminante que teñía sus ropas de una sangre achocolatada, espesa, seca y maloliente, como si el accidente hubiera ocurrido por lo menos hace unas cuatro horas. Huyó, evitando pasar las llantas de su auto por el bastón que era el amigo de andadas del muerto.

Vendió el carro para evitar males posteriores pero la difícil situación lo llevó a hacerse miembro de una banda de paramilitares donde hacer crimen pagaba. Al año era el tercer comandante nacional de la organización pero entregaron armas y volvieron a la sociedad, no pudo presentarse a elecciones por problemas legales y debió resignarse a comprar otro auto con el dinero que le quedó después de tantas borracheras, para intentar sobrevivir. Luego de un día de arduo trabajo llegó a su casa a descansar. Antes de entrar se puso a mirar a quienes por allí pasaban, una señora entrada en años, encorvada, negra, de gafas y bastón, una pareja de jóvenes flacos que trotaban para prevenir los kilos de más que podrían tener en veinte años y un mulo que al pasar le dio una coz en la entrepierna.

Pasaron cinco segundos de una simple premonición. Sabía que iba a sentir dolor pero no pasaba nada, comenzó a reírse consigo mismo por haber sido tan estúpido de permitir que el animal se le acercara tanto y comenzó entonces a sentir lo tenue, lo suave, lo creciente, lo inimaginable del dolor de los testículos. Agarró sus genitales mientras estos llegaban a un dolor orgásmico, que subía de nivel aunque pensara y sintiera que ya más no podía, como cuando estaba con Clara. Dentro de la casa pudo ver que había sangre en sus pelotas y un verde renegrido digno de estar al menos en una esquina del arco iris. Agarró el celular para llamar a algún amigo con el objeto de pedirle que lo llevara al hospital más cercano, ya no pudiendo tenerse en pie. Antes de poder marcar, sonó y vibró el celular y al contestar escuchó: "Hola, mi amor, ven y me recoges a la Universidad, ardo por ti".

Estúpidas fueron sus siguientes acciones. Se limpió la sangre, se dijo que no había sido nada grave y que con esas ganas que le tenía a Clara, su amante universitaria, no podía fallarle. Sacó los papeles del seguro y pensó en que después de su cita amorosa iría a que le revisaran las heridas. El auto no quiso prender y hacía varios días ya él había notado que había problemas con el arranque. Decidió pagar una carrera en un taxi pero como demoraba mucho en pasar por el frente de su casa se dirigió a la avenida principal, mientras comenzaba a caer una leva llovizna. En el momento de cruzarla se le cayó el original del Seguro médico sin que él lo percibiera, un amigo que estaba por allí recogió el papel y lo llamó para entregárselo y cuando volteó a terminar de atravesar la avenida un carro que pasaba a 180 kilómetros por hora lo atropelló, quitándole la vida al instante.  Un bastón que estaba en la vía voló luego de ser "mordido" por una de las llantas del auto y cayó en la mano derecha de Flavio. Los vecinos se acercaron a mirar y reconocieron al muerto, comentando que en los años de compartir vecindario con él hasta ese día se habían dado cuenta que usaba bastón.

 

 

FIN