Ya Claudia no me afecta...

 

 Me encuentro saboreando un helado en la Avenida séptima.

Después de muchos momentos amargos, un híbrido de esos de la Nueva Era, con mirada y barba de Jesús y barriga de Buda, con las velitas de colores e incienso de los Vedas, con plumaje y brebajes de los indios suramericanos, dio en el meollo del asunto. De pronto era normal que la solución viniera así, proveniente de una especie de Selección Mundial de creencias, filosofías y religiones encarnada en un místico consejero bogotano.

"Todo está en la mente" decía de continuo y mediante ejercios de relajación me constreñía a dar el salto hacia adelante. No podía detenerme en un pasado infructuoso con Claudia, por mucho que la hubiera amado. Los ejercicios ayudaron mucho. No sé si era olvido o aceptación de la realidad, lo cierto es que ni el nudo en la garganta, ni el desaliento, ni las ganas de llorar, ni de  suicidarme yendo al Palacio del Colestrol para comerme todo lo que me pusieran en la mesa hasta caer vencido por la realidad, habían vuelto a aparecer. Un plomazo en la sien hubiera sido poco nostálgico.

Quince días de paz fueron puestos a prueba hoy. La vi de nuevo. "Todo está en la mente" decía mi maestro Racachán y esas palabras me impulsaron a dar la batalla. No sé si ella me alcanzó a ver pero estoy casi  convencido que no fue sí. Se veía más linda que nunca, con una hermosura tan joven y una juventud tan hermosa que era imposible no ser notada, no hacer la diferencia.

Olvidarla era sencillamente imposible pero la segunda alternativa que me mostró el consejero espiritual era la de convencerme a mí mismo que ya nada me afectaba. Seguí caminando para profundizar esta nueva razón de vivir.  Pasé por un "Atardeceres", un Restaurante Show Piano-Bar en el que comimos, bailamos, cantamos y reímos, nos abrazamos y besamos en la mesita reservada de siempre, la del salón interior marcada con el número 3.

Parejas se besan en el parque de la 26, en el que juntos compartimos bellos momentos. Los recuerdos de los juegos parecen tomar vida de repente. El perro que caminaba junto con nosotros, el balón que corría cuesta abajo hasta la arboleda, el prado en el que nos tendimos mirando al cielo, tomados de la mano, observando nubes que no se veían para nada distantes. Mis pensamientos son interrumpidos no sé si por una perra que me ladra o por un perro con cirrosis. De todos modos, nada me afecta... sus recuerdos son... solo recuerdos.

En el auto no está la mano afectuosa que antes lo acariciaba, como si en vez de tapicería fina hubiera tenido piel, vellos y poros. El asiento derecho va vacío y se ve enorme. Sin darme cuenta paso por el motel que fuera nuestro amigo en los momentos de deseo ardiente. La habitación 306 parece sentir el paso de mi auto y despide una fluorescencia idílica; el auto simula reducir la velocidad y girar suavemente hacia la entrada. El pito de un coche suena alarmante y enderezco el rumbo para evitar el choque, escuchando madrazos que se atenúan por la distancia. Nunca un hijueputazo fue tan bien recibido. Ya por el carril de la derecha, como complementándose, la velocidad decrece hasta cero mientras los recuerdos pierden transparencia. Debo repetirme que ya Claudia no me afecta y que mi mente soportará...

El brillo de mis ojos acaba de iluminar la entrada, que siempre está a media luz. Siento su desnudo cuerpo bailar, mostrando sus encantos solo para mí. Aprieto con mis manos los gemidos suspendidos en el aire, transformándolos en polvo de cromatismo vivo que tiñe mi piel y la de ella, convirtiéndome en búfalo y león, y a ella en yegua y gacela. "Ya he superado esto, Dios mío, lo de Claudia pertenece al pasado" me repito por diez veces seguidas, respirando profundamente, juntando mis dedos centrales con el pulgar, contando del diez hacia atrás, hasta llegar al nivel Alfa.

Me acuesto en mi habitación solitaria, sin comer. Me revuelco en la cama en el intento de conciliar el sueño, enciendo la luz, tomo agua, me acuesto de nuevo, enciendo el televisor y veo a Claudia protagonizando una bella historia de amor. ¡Es imposible! "Todo está en la mente" decía mi maestro y me aferro a ello. Si aún fuera verdad lo de Claudia besándose con alguien no debería afectarme porque llevo casi dieciseis días con el convencimiento de que ya he superado esta decepción. Trato y trato de dormir y pierdo la noción del tiempo. Me despierto sobresaltado cuando ya el sol ha avanzado suficientemente. En sueños veía a Claudia, la abrazaba, la besaba y al instante aparecía del otro lado de un río que nos separaba, un río torrentoso que todo lo tumbaba.

Me miro al espejo y veo mis ojos enrojecidos, los párpados hinchados y las mejillas decoradas por surcos brillantes. Así como el conjunto del clima que anda tan descontrolado, el rocío que cae mientras la ciudad duerme y que amanece sobre la vegetación, también debe haber extendido su influencia a las habitaciones y camas, llegando hasta los mismos rostros, porque no creo que haya llorado.

¡Que se pudra esta cama que te albergó, que se caiga esta casa que no la quiero, que se acabe todo!

¡Aaahhhhhhhhhh!  ¡Prometo no amarte más, mi amor; no deletrear más tu nombre, Claudia, C-L-A-U-D-I-A: no contemplar más tus fotos (como estás de bella); no irte más a buscar!

-¿Dónde están las llaves de mi auto?  ¡¿Dónde están las llaves?!  ¡Racachán a la mierda!