EL EJE DE LA BURLA

Luces brillantes enmarcaban el polvo agitado y amarillento. Fina tierra se esparcía por el ímpetu colosal de aquel ser mancillado que buscaba un límite menos duro que su propia vida. No importaba con cuánta urgencia saliera disparado hacia uno u otro lado, la sensación de estar contenido en algo que no le permitía correr libremente no desaparecía. Por un momento se detuvo para tratar de equilibrar su respiración agitada y percibir el contacto pegajoso de la sangre a su piel, que quería atraparla protectoramente. Sentía un ardor en sus masas carnosas, arriba, apuntando al cielo, testigo de su afrenta. Pero no estaba dispuesto a dejarse vencer sin luchar, sin importar los días anteriores de hambre, golpes y martirios.

Había muchos seres contra quienes dirigir su rabia pero no estaban a su alcance. Unos pocos estaban con él y alguien en especial le desafiaba con su presencia. Corría contra él con todas sus fuerzas pero se le escabullía cuando creía tenerlo. No podía imaginar el secreto del poder de desaparecer de ese ser que le desafiaba y mágicamente quedaba fuera de la potencia de sus embestidas. Insistió hasta el cansancio sintiendo que le afligían mayores magulladuras a sus ceñidos lomos. Su corazón latía a marchas forzadas. Sus miembros caían pesadamente y le hacían rodar por el suelo, levantando una polvoreda enorme entre el sonar de pitos, gritos y aplausos. La algarabía aumentaba. Sangre salía de su boca mientras su visión se obscurecía.

Su enemigo le miraba fijamente. Se colocó enfente suyo, desafiándolo. Estaba a su alcance y aunque fuera con sus últimas fuerzas iría con él en un último esfuerzo. Entonces calculó. Su enemigo se movía con pasos cortos y precisos buscando un ángulo apropiado. La embestida ocurrió y ambos golpes fueron dados, uno más certero que el otro. El ser mancillado fue atravesado hasta le empuñadura por una lámina fina y cortante, que traería descanso definitivo para aquella agonía. Su avasallador salió disparado por los aires con una herida en el vientre.

El público aplaudió y gritó. Los auxiliares corrieron a levantar a su jefe herido, llevándolo con urgencia al centro médico donde le auxiliarían. Detuvieron la hemorragia, estabilizaron la presión, desinfectaron y cosieron. No era para morirse. Durante su recuperación fue centro de atención de las noticias y durante  la simpatía se transformó positivamente en devoción.

Pero en el final de su vida y angustia, aquel humillado ser que sacaron arrastrado por aquellas interminables arenas de dolor, alcanzó a ver el rostro de su enemigo, a quien auxiliaban otros. Alcanzó a lanzarle una mirada agónica pero firme, en el instante en que estuvieron más cerca sus rostros, una mirada de reclamo, de incomprensión por la burla, justiciera hasta el extremo, que hizo que el matador dijera tembloroso a sus ayudantes:

-¡Aléjenlo de mí!